viernes, 17 de enero de 2014

DUNAS



Tu piel de arena fina pronuncia mi nombre cada noche,
y yo anhelante de un lugar donde cobijarme te persigo en un océano de sombras.
Cuando monto mi campamento en medio del desierto abismal,
Sueño con tu piel de arena fundiéndose con la mía,
y es cuando me veo transitando con toda libertad tus dominios indómitos,
que me son ofrecidos como sacrificio de tu amor.
Camino aturdido por el deseo hasta que encuentro las dunas que forman tus senos
coronados por dos dulces dátiles que sacian mi hambriento cuerpo.
Una vez repuesto, sigo mi peregrinaje de penitente enamorado hasta encontrar un
oasis entre tus mulos de coral,
donde bebo de tu ambrosía hasta saciar mi sed,
y como recompensa a tu dulce hospitalidad,
dejo que mi lengua de espuma de mar borre cual ola los malos recuerdos que castigan
tu mente,
mientras mis dedos ágiles como corceles invisibles, cabalgan raudos por su cuerpo
 huidizo y cambiante hasta alcanzar la seguridad de sus cabellos sin estrellas. 

lunes, 13 de enero de 2014

SUENA LA CAMPANA



A veces me siento como el boxeador, que con el último gancho al mentón, busca aire donde no lo hay; porque los pulmones no reaccionan y el corazón bombea más lento de lo que realmente necesitas. Cuando esto pasa, normalmente, me refugio en ese mundo de tinieblas donde las sombras son tus amigas y tus consejeras. Y es cuando pienso en el viejo Poe en su destartalado cuarto esperando la visita de su fiel compañero de infortunio: el cuervo que picotea con insidia el cristal de la ventana para poder entrar. Un compañero que a todos nos persigue, incluso a los que tienen la guardia alta.
No importa que seas un gran púgil, porque, lamentablemente, siempre te encontrarás con alguien mucho mejor que tú, que leerá en ti algún defecto en tu guardia perfecta (según tú) y que aprovechará para noquearte de un certero golpe que aparecerá de la nada. Y será en esos momentos, que buscas con desesperación llenar los pulmones porque no deseas por nada del mundo besar la lona, cuando debes estar más tranquilo; porque en tu fuero interno te engañas diciéndote que sólo ha sido un golpe de suerte, sólo eso, porque tu combate continúa y tu adversario te sigue estudiándote con malicia, con hambre de ti.

En esos instantes de duda, cuando todo lo aprendido te sugiere, incluso te suplica que te retires, es cuando debes seguir luchando hasta que escuches la campana y con su dulce sonido metálico podrás regresar maltrecho a tu rincón y lamerte las heridas hasta el siguiente round en el que te dejarás la piel, no porque debas, ni siquiera porque sea lo que tus músculos te pidan, simplemente lo harás porque es ya tu inercia, tu forma de ser, tu pájaro de mal agüero. 

domingo, 15 de diciembre de 2013

TO THE WONDER

Terrens Malick es un director que construye sus películas a partir de los silencios. Éstos construyen y reconstruyen las vivencias de los personajes creando laberintos en los que el espectador se va adentrando poco a poco en vidas tan asoladas por el sufrimiento y la desgracia como las propias. Tal vez por eso mismo, el cine de Malick, sea un cine para existencialistas y nihilistas. Aunque con sus imágenes poéticas crea una realidad más vívida que la que nos rodea, porque en su mirada desprotegida de mentiras y espejismos vacuos. Los personajes y nosotros mismos nos vemos reflejados en la crudeza de una vida mecida por los fríos vientos del destino, que de forma inescrutable y muchas veces cruel nos aleja de las costas donde la bonanza y la felicidad se despiden de nosotros sin que podamos hacer nada para cambiarlo. To the Wonder, es una película cargada de plasticidad, de sentimientos y de profundas cargas de esperanza, porque siempre debemos pensar que aunque la felicidad sea esquiva con nosotros si persistimos tarde o temprano daremos con ella, y la podremos disfrutar aunque sólo sea algunos segundos; unos segundos que atesoraremos como lo más preciado que nos ha ocurrido. Algo parecido sucede con las películas de Malick, te atrapan, y se enquistan en tu cerebro como un alma penitente, que viene a ti una y otra vez para recordarte lo insignificante que somos en este mundo en el que nos ha tocado vivir.

Terrens Malick es un director que construye sus películas a partir de los silencios. Éstos construyen y reconstruyen las vivencias de los personajes creando laberintos en los que el espectador se va adentrando poco a poco en vidas tan asoladas por el sufrimiento y la desgracia como las propias. Tal vez por eso mismo, el cine de Malick, sea un cine para existencialistas y nihilistas. Aunque con sus imágenes poéticas crea una realidad más vívida que la que nos rodea, porque en su mirada desprotegida de mentiras y espejismos vacuos. Los personajes y nosotros mismos nos vemos reflejados en la crudeza de una vida mecida por los fríos vientos del destino, que de forma inescrutable y muchas veces cruel nos aleja de las costas donde la bonanza y la felicidad se despiden de nosotros sin que podamos hacer nada para cambiarlo. To the Wonder, es una película cargada de plasticidad, de sentimientos y de profundas cargas de esperanza, porque siempre debemos pensar que aunque la felicidad sea esquiva con nosotros si persistimos tarde o temprano daremos con ella, y la podremos disfrutar aunque sólo sea algunos segundos; unos segundos que atesoraremos como lo más preciado que nos ha ocurrido. Algo parecido sucede con las películas de Malick, te atrapan, y se enquistan en tu cerebro como un alma penitente, que viene a ti una y otra vez para recordarte lo insignificante que somos en este mundo en el que nos ha tocado vivir. 

jueves, 3 de octubre de 2013

MOLINOS




Aunque llevo muchos años dedicándome a esto del psicoanálisis, nunca me había encontrado con un caso tan peculiar como el que me dispongo a comentar.
Aquel hombre entró en mi consulta con la cara desencajada, y sin que mi secretaria le diese permiso para entrar en mi despacho irrumpió en él como un coloso iracundo. Recuperó la compostura y se desplomó en el diván como un moribundo a punto de exhalar sus últimas palabras y me dijo:
—¡Discúlpeme, señor Freud! Sé que mi irrumpir de forma tan poco ortodoxa en su consultorio, pero estoy desesperado y esa desesperación ha sido la causante de mi actuación tan poco digna. Si me permite explicarme, usted estará de acuerdo conmigo en mi proceder y sabrá disculpar mi brutalidad y me vehemencia; ya que mis actos, aunque guiados por la mano temblorosa de un demente, están justificados por una sorda desesperación, que en ningún caso por una soberbia caprichosa o por la ligereza maleducada.
Mi enfermera entró como una exhalación pidiendo disculpas:
—Lo lamento muchísimo doctor, ni siquiera me ha respondido cuando le he dicho que usted no podía atenderle.
—No pasa nada Ann. Está bien. Por favor, cuando llegue el señor Pessoa, dígale que espere en la sala de espera.
—Muy bien doctor. Como usted diga.
Cerró la puerta detrás de sí y comenzó el extraño caso de un hombre que tenía una fobia de lo más peculiar.
Durante unos minutos no dijimos nada, me quedé esperando. Me recliné en mi sillón, cargué la pipa y esperé a que estuviese preparado. Por mi experiencia sabía que lo mejor era dejar que los pacientes empezasen, si los forzaba se cerraría y en ese estado sería casi imposible sacar nada en claro.
—Gracias, doctor. Lo primero será presentarme. Me llamo Miguel de Cervantes Saavedra, y tengo un miedo atroz a los molinos de viento.
—¿Cómo?, ¿tiene usted miedo a los molinos de viento? —le pregunté intentando disimular mi turbación ante el nombre que me había dicho.
—Sí, doctor. Molinos, siempre son los mismos. Son monstruosos, no puedo dejar de verlos, me persiguen. Y no importa que cierre los ojos. Están ahí, en silencio, moviendo sus gigantescas aspas, recordándome que moriré, esperando a que yo los descubra como si fuesen un juego de escondite macabro. No puedo más, doctor.
Intento fumar, pero mi pipa se había apagado. Contuve mis nervios, paseé la mirada por mi consulta y pensé sin quitarle la vista de encima. Lo que me dice este hombre me tiene muy desconcertado, molinos. Molinos volví a repetirme mentalmente mientras buscaba una cerrilla en el cajón. Qué cosa más extraña. He encontrado a lo largo de mi carrera todo tipo de patologías, pero molinos. No llegaba a entender la razón de esa imagen. Serpientes, puentes, árboles; hubiesen tenido algo de lógica, sin embargo, molinos. A lo mejor tendría algo que ver con el paso del tiempo y por eso él lo relacionaba con la muerte… Le di dos caladas profundas a la pipa y me llené los pulmones de humo, después, al mismo tiempo que lo expulsaba le dije a mi paciente: podría hablarme más de esos molinos, por favor.
—No sé qué puedo hacer. Estoy muy asustado, ya no puedo ni ir a trabajar. Salgo a la calle y allí están, plantados moviendo sus gigantescos brazos como su fuesen gigantes. Me van a despedir. Mi jefe me ha llamado, pero no quiero responderle; qué explicación podría darle: Señor Muñoz, tengo miedo, creo que unos molinos de viento me van a asesinar. A los compañeros que me he atrevido a comentarles mi mal, me han mirado con repulsión y me han dicho entre risas: debes dejar la bebida. Y lo peor es que soy abstemio. Nadie me comprende, doctor. Todo el mundo piensan que son locuras mías, que no estoy bien de la cabeza. Y ya ni siquiera dudo que no esté bien; está claro que algo dentro de mí no funciona como debería. ¿Pero qué podrá ser?
El paciente se echó a llorar sin control. Delante de mí tenía a un niño asustadizo; cuando entró en tromba en mi consulta era un hombre adulto, alto, cargado de hombros, algo enjuto de carnes, pero con un aplomo digno de admiración. Sin embargo, ahora, ha perdido como por encantamiento todo el porte señorial que antes mostraba. Me daba pena; sentí lástima por aquel hombre. Hice el amago de levantarme, sin embargo, me obligué a detenerme. No puedes interferir en estos momentos acercamientos paternalistas, me dije. Mejor esperé a que se calme. Seguí fumando, y el humo me ayudó a pensar.
Todos necesitamos desahogarnos.
—Lo siento —me dijo limpiándose los ojos con su pañuelo.
Distinguí algo de vergüenza en su mirada y en su voz. Lo tranquilicé:
—No se preocupe, es normal. A veces necesitamos explotar para poder recomponernos.
—Gracias, doctor.
—De nada —le dije. Y le alenté a proseguir—. Cuando quiera puede continuar.
—Llevo así varios meses. No puedo dormir, me da terror. Como mal, discuto con mi mujer, ya no hablo con mis amigos. Me estoy volviendo completamente loco. Doctor, no sé qué hacer. Quiero dejar de pensar en los molinos, deseo más que nada en este mundo conseguir que desaparezcan de mi vida…
—Entiendo… —le dije conciliador, aunque realmente no era así.
Me levanté de la silla y paseé por mi consultorio, miré el reloj y le dije:
—Señor Cervantes, su hora ha terminado. Debemos dejarlo por hoy. ¿Podría venir la semana que viene a la misma hora?
—Claro, doctor. Necesito que me ayude con esta locura que me está enquistando en un mundo irreal. Quiero sacármelos de la cabeza.
Se levantó del diván y me dio la mano. Se la estreché y lo acompañé hasta la puerta. Estaba claro que este hombre está muy mal, era un caso claro de esquizofrenia.
—¡Ah!, doctor. Tal vez debería decirle que en realidad no me llamo Miguel de Cervantes Saavedra —me dijo en la puerta con una sonrisa socarrona dibujada en la comisura de los labios.
—¿No? —le interrogué—. ¿Y cómo se llama, usted?
—Alonso Quijano.
Dicho esto, cerró la puerta detrás de sí. Volví a mi asiento, me dejé caer en el sillón y me golpeé la cabeza con las manos diciéndome una y otra vez burlonamente:
—Tonto, tonto, tonto…
Y lo que era peor, no me había pagado la consulta. Tonto, tonto…, seguí repitiéndome hasta que Fernando Pessoa entro en la consulta y entonces empezaron las metáforas y los sueños incumplidos.

EL HIJO DE KING KONG




Supongo que mi madre fue inmensamente feliz la noche de bodas al descubrir en mi padre una selva virgen para ella sola. El problema lo tengo yo, porque por desgracia para mí he heredado lo que más amaba mi madre en mi padre. A ella le encantaba que sus dedos se perdiesen en aquella selva inhóspita y bien poblada; pero para mí, es como si King Kong me hubiese poseído a traición, sin olvidar que a Marina no le gusta para nada el vello corporal. No me lo dice, pero puedo leer en sus ojos que ella hubiese deseado a un nadador, aparte de lo obvio: un cuerpo esculpido a base de piscinas y gimnasio, lo que era tanto como decir que mi mujer en sus sueños húmedos anhelaba a un Adonis perfecto, y que cuando echaba mano a mi pecho, sentía como si el eslabón perdido estuviese invadiendo su espacio vital y sus sueños. Algo que me mortifica, porque siento cómo sus dedos finos del color del coral, se baten en retirada como un ejército que se sabe vencido. Así me siento yo vencido y maldigo mentalmente a mi padre, ese oso prehistórico que me traspasó su carga genética sin pensar en las consecuencias, o a lo mejor él pensó de una forma más que arrebatada que todas las mujeres sería como mi madre, amantes de hombres con pelo en pecho, que más que hombres comunes, abandonaban la normalidad de la especie para introducirse de cuerpo entero en un mar de sargazos animales.
En esas me encontraba yo, con una mujer que odiaba el vello más que las incipientes arrugas que intentaba, sin conseguirlo, disimularlas con cremas que me costaba un riñón y medio. Estaba claro que hacerse viejo era algo malo, pero nada se podía comparar a ser el hijo del Yeti. En el trabajo los compañeros se reían a mis espaldas, las compañeras, fantaseaban con hacerme trenzas en la espalda y el pecho; algo que no me desagradaba aunque esté mal decirlo. Al menos alguna mujer me tocaría como yo deseaba. Porque últimamente sólo tenía un sueño recurrente: me veía en una peluquería y a un ejército de peluqueras con minifaldas haciéndome peinados imposibles. Sé que esto no puede seguir así, deseo decírselo a Marina, pero cada vez que lo intento un maldito ladrido es todo lo que puedo articular.
Tendré que buscar la forma de que este pelo de rastrafari lanudo desaparezca para que Marina me adore otra vez.

domingo, 29 de septiembre de 2013

EL PROFESOR

En la película de Tony Kaye plantea una búsqueda infrctuosa para encontrar los mil vacíos a los que la vida nos somete; centrándose en la figura borrosa de un profesor sustituto que escudado en esas sustantivad se convierte en un observador de una vida demasiado cruel y monótona como para entrar a formar parte de ella.
El profesor interpretado por Andrien Brody, un ser perseguido por los fantasmas del pasado y por su incapacidad de comprender la brutalidad y el desprecio como sus alumnos le tratan y se tratan. El único punto de color que encontramos en el film sería una joven prostituta que lo único que dese es la compañía de otro igual, de formar parte de una familia y con el profesor lo encuentra. La acoge en su apartamento como algo ocasional porque cree que será una forma de redención. Él se siente vacío y perdido, pero en ese laberinto vital en el que vive llega a distinguir una salvación nacida del amor, ya que este acto lo aleja de su propia autodestrucción, donde la vida no es más que una repetición infinita de días aburridos.
El profesor se siente debajo de una montaña de escombros. "Soy una persona inexistente, y aunque me ves no estoy."

sábado, 21 de septiembre de 2013

EL SILENCIO DE UN HOMBRE


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MATADERO

Siempre el mismo sueño, cada día al despertarme la misma sensación de soledad y ahogo. Mi vida antes tan sencilla, se estaba complicando por momentos, por culpa de esa maldita pesadilla. En el trabajo no rendía, los compañeros se reían de mí a mis espaldas. Ahora la sangre me levantaba el estómago, ¿mi carrera de matarife en la plaza de toros estaba a punto de terminar? ―me preguntaba sin encontrar una respuesta clara.
Era siempre el mismo toro de hierro, venía detrás de mí y pretendía comerme. Yo no podía correr por mi sobrepeso, me había convertido en un matador de toros pintado por Botero. Intentaba escapar de él, pero todos mis esfuerzos por menear mi desmesurada mole eran inútiles. El sudor me ahogaba, el aire se perdía antes de entrar en mis pulmones. Quería correr pero mis pies estaban clavados a la arena del ruedo. El toro se acercaba, sus colosales músculos crujían con cada movimiento. Lo observaba desde la distancia y temblaba de miedo. Al menos siempre me despertaba en el momento justo, cuando el astado abría la boca para engullirme de un solo bocado. 
Me levantaba de la cama con una pesadez insufrible, quería ser otro, pero la imagen del espejo me lo dejaba muy claro. No puedes cambiar, aunque lo desees, parecía decirme. No sabía qué pensar. Abrí la puerta de cristal del espejo y con la vista busqué las pastillas. Los calmantes me los tomaba a granel, me había convertido en un adicto a los analgésicos. Lo importante no eran los colores, sino lo que éstos hiciesen por mí. Poco a poco pasé de ser un experto matarife a un endeble mental. La culpa, toda la maldita culpa, la tenía ese nefasto sueño. Ese despreciable animal. No me dejaba en paz, lo sentía respirar en mi nuca cuando conciliaba el más liguero de los sueños. Sus pezuñas de metal me martilleaban sin descanso día y noche. Cuando entraba en la plaza a despedazar los toros de lidia me ponía enfermo. Los miraba aterrorizado porque encada uno de ellos veía la reencarnación de mi coloso; de mi pesadilla...
Había que terminar con él de una vez por todas. Salí del trabajo como cada día. Los compañeros con su bromas pesadas, yo sin decirles nada pero cagándome en la madre que los parió. Los dejé atrás con sus risas, me acerqué a la parada y esperé a que llegase el autobús. Las puertas se abrieron con un golpe seco, pero esta vez no me asusté porque las esperaba. Era como en mi sueño, las puertas se abrían de par en par y él salía embravecido. Mirando a un lado y a otro, hasta que mi cuerpo se interponía en su campo visual… Subí las escaleras con pasos lentos, me sentía algo mareado, pagué el importe y me senté. Me sequé el sudor que recorría mi frente bastante despejada; no podía más. Tenía los nervios destrozados, tantas noches sin dormir estaban pasándome factura. La hora se acercaba inexorable ―me repetí una y otra vez―. Con cada parada iba notando con más fuerza los resoplidos del animal, de mi alter ego, de mi igual. Bajé del autobús con dificultad. No tenía ganas de comer, pero me obligué a entrar en la panadería. La panadera me saludó:
―Manuel, ¿cómo van las cosas por el matadero, mucho trabajo? Oye, ¡tienes mala cara…!
No le respondí, para qué. Cogí la barra con desgana y la pagué. No estaba para nadie y menos para aquella cotilla. Ya en mi apartamento comí de forma frugal; no tenía hambre. Su presencia no me dejaba tragar. Fui hasta mi habitación, abrí el cajón de la mesilla, aparté los calcetines y los calzoncillos. Agarré con mi zarpa de oso el revólver. Lo observé con detenimiento y sin pestañear le grité como un niño rebelde a un padre despótico: ¡Te vas a joder! Hoy terminará todo para los dos.
Cargué las balas en el tambor, lo giré como un crupier experto. Me imaginé en una mesa redonda jugando a ser un piel roja sediento de sangre. Acaricié el gatillo y la bala hizo lo propio. La detonación me asustó, pero no tuve tiempo de reaccionar. El beso de la muerte ya estaba dentro de mí. Antes de perder el sentido por el impacto pude escuchar un mugido de cólera... Supongo que mis sesos se desparramarían por el cabezal de mi cama. No importa ―reflexioné―, ya vendrá la casera y lo limpiará todo.